Xerox PARC: tener la idea no es tenerla en el mercado
Xerox inventó el ordenador tal y como lo usas hoy. Las ventanas, los iconos, el escritorio, el ratón encima de la mesa, la red de la oficina y la impresora láser que hay al fondo del pasillo. Casi todo eso salió del mismo edificio en California a principios de los años setenta. Y de todo eso, Xerox solo supo convertir en negocio la impresora. La historia es conocida. La lección, en cambio, se cuenta poco y se parece bastante a lo que pasa en muchas empresas normales.
Lo que salió de aquel edificio
El centro de investigación de Palo Alto abrió en 1970 y en pocos años produjo una lista que todavía impresiona: el Alto, en 1973, el primer ordenador pensado para una persona con pantalla gráfica, ventanas e iconos, la impresora láser, cuyo prototipo firma Gary Starkweather en 1971, y Ethernet, la red que sigue conectando oficinas cincuenta años después.
Conviene quitar aquí un adorno que se repite mucho. El ratón no lo inventó PARC: lo inventó Douglas Engelbart en el SRI en 1964 y lo enseñó en público en 1968. Lo que hizo PARC fue convertirlo en algo fabricable, fiable y barato, y meterlo dentro de un sistema completo donde tenía sentido. Que es, dicho sea de paso, un trabajo tan valioso como inventarlo.
Por qué solo vendieron la impresora
La impresora láser encajaba en Xerox como un guante. Xerox vendía máquinas que ponían tinta sobre papel, tenía la red comercial montada, sabía calcular el precio por copia y sabía dar servicio técnico. La impresora láser era su negocio de siempre, mejor. Le dio miles de millones.
El ordenador personal no encajaba en nada de eso. Requería otro cliente, otro discurso de venta, otro servicio y otra manera de cobrar. La dirección estaba en Nueva York, a cinco mil kilómetros de los laboratorios, midiendo el negocio con las cifras del negocio que ya tenía. Cuando en 1981 sacaron el Star, un sistema estupendo, costaba una fortuna, se vendía a empresas que no entendían para qué servía y llegaba tarde. Mientras tanto, en 1979, unos visitantes de Apple habían pasado por allí, habían visto el Alto y se habían llevado la idea a un producto que sí se podía vender.
Esto pasa en empresas normales, y pasa mucho
Casi todas las empresas que conocemos tienen su propio PARC en pequeño. Un procedimiento interno buenísimo que nadie ha convertido en servicio. Una herramienta que se montó para uso interno y que resolvería el problema a media docena de clientes. Un conocimiento que se regala en las visitas y que podría ser un producto con precio.
No se convierten en negocio por la misma razón que en Xerox: porque el negocio actual funciona, porque el equipo comercial no sabría venderlo y porque nadie tiene el encargo explícito de sacarlo. No hace falta mala fe ni ceguera. Basta con que nadie tenga esa tarea escrita en su semana.
Qué hacer con esto
La pregunta útil no es qué podríamos inventar. Es esta: ¿qué tenemos ya hecho, funcionando y no vendido? Anota tres cosas. Elige una. Ponle nombre, precio y una página donde se explique. Eso es la distancia entre tener la idea y tenerla en el mercado, y suele ser mucho más corta de lo que parece.
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